05 diciembre, 2019

Buda, Dharma, Sangha: La Triple Joya del Budismo según Nāgārjuna (1ª Parte)

En el curso de una historia más de dos veces y media milenaria, las posiciones filosóficas del Budismo han a menudo variado. El Pequeño Vehículo se escindió en dieciocho sectas; el Gran Vehículo ha visto oponerse la escuela de la Vaciedad a la Escuela de Sólo-la-mente y, por sus tendencias monistas y ritualistas, el Vehículo del Diamante se separó netamente de los dos precedentes .

Ya sean de orden doctrinario, disciplinario o filosófico, estas divergencias no revelan, a los ojos de los budistas, una importancia muy grande. Buda mismo ha dado ejemplo de tolerancia al recomendar a sus discípulos no admitir sino “aquello que ellos habían reconocido y comprendido por sí mismos”. Pero, por muy opuestos que sean sus puntos de vista, los budistas están animados de una fe lúcida en lo que respecta a su Triple Joya: Buda, el Dharma, el Sangha.

Buda es el Gran Sabio que ha visto las verdades; el Dharma es la Ley o la Doctrina predicada por él; el Sangha es la Comunidad de religiosos fundada por obra de él. Desde sus orígenes hasta nuestros días, las ceremonias de iniciación y de ordenación comienzan obligatoriamente con esta declaración solemne, repetida tres veces: "Tomo refugio en el Buda; tomo refugio en el Dharma; tomo refugio en el Sangha". Y Buda recomendó a sus discípulos rememorar cada día, con espíritu de fe, esta Triple Joya.

Simbolizados por el tridente en los monumentos figurativos, Buda, Dharma y Sangha son las tres nociones básicas del Budismo. Es importante, pues, para todo historiador de las religiones, hacerse una idea exacta de ellas. Para definir a estas tres Joyas, los textos canónicos más antiguos se han servido de fórmulas estereotipadas que no han sufrido a lo largo de los siglos ningún cambio. Su concisión es tal que ellas no pueden ser comprendidas sin explicaciones. Éstas han sido proporcionadas por una cantidad de doctores y de exégetas y especialmente por Buddhaghosa, el representante más calificado del Budismo cingalés, que les consagra todo un capítulo de su célebre obra: "La marcha hacia la pureza" (Visuddhi-magga).

Buddhaghosa se sitúa en el siglo V de nuestra era. Pero un comentario más antiguo y más detallado concerniente a la Triple Joya figura ya en el "Gran Tratado de la Virtud de Sabiduría" (Mahā prajñā –pārarnitopadesha) compuesto en el Noroeste de la India en el siglo IV de nuestra era. La tradición de Cachemira lo atribuye a Nāgārjuna, fundador de la escuela mahāyānista Madhyamaka, pero algunos historiadores quieren ver en ella una obra colectiva compuesta por alumnos de Nāgārjuna convencidos como este último de la Vaciedad universal y aún nutridos por la tradición del Pequeño Vehículo.

Por desgracia, el original indio del "Gran Tratado de la Virtud de Sabiduría" se ha perdido y la obra es conocida solamente por una única versión china, el Ta-tche-tou-louen, realizada en Tch'ang-ngan, del 402 al 404, por el célebre traductor sinoindio Kumārajīva. Es en esta versión que yo me inspiro aquí para definir el estado de espíritu de los budistas en lo que respecta a su Triple Joya.

l. Buda

1. Sus diez apelaciones sinónimas.

En los viejos textos canónicos, Buda es designado con diez apelaciones que tienden a poner de relieve su calidad trascendente: 1. Tathāgata; 2. Que tiene derecho (Arhat); 3. Correctamente y completamente Iluminado (saṃyaksaṃbuddha); 4. Dotado de las ciencias y las prácticas (vidyā caraṇasampanna); 5. Bien Encaminado (Sugata); 6. Conocedor del mundo (lokavid); 7. Supremo conductor de aquellos seres que deben ser controlados que son los hombres (anuttarapuruṣadamyasārathi); 8. Instructor de dioses y de hombres (śāstā devamanuṣyāṇām ); 9. Buddha; 10. Bhagavant.

1. El primer epíteto, el de Tathāgata, el más frecuentemente empleado, permanece aún rodeado de oscuridad al punto que algunos historiadores se preguntan si él es de origen indio. Es sin embargo por medio del Sánscrito y del Pāli que los exégetas budistas han intentado explicarlo. En Tathā -gata, tathā significa "así, de la misma manera", y gata (de la raíz GAM) quiere decir "ido", "encaminado". Siendo así, el Buda Shākyamuni que apareció en la India en el siglo VI antes de Cristo habría llegado al despertar espiritua y al Nirvāna de la misma manera que los Budas que lo precedieron en el tiempo. Pero, junto a Tathā-gata, se ha propuesto la variante Tathā -gada, de la raíz GAD "hablar". En este caso sería necesario comprender que Shākyamuni, el Buda del presente, habló o enseñó de la misma manera que sus antecesores. De todas maneras, el epíteto en cuestión intenta situar a Shākyamuni dentro del linaje de los Budas anteriores que alcanzaron todos ellos el despertar espiritual y, después de haber predicado la Doctrina, entraron en el Nirvāna. En las versiones chinas y tibetanas Tathāgata es traducido respectivamente por Jou-lai y De-bzhin-gcegs-pa, "así ido".

2. Buda es también Uno que tiene Derecho, pues sus inmensas cualidades le dan derecho al respeto universal.

3. Es también Correctamente y completamente Iluminado, pues él conoce todas las cosas en su verdadero carácter. Lo que importa es saber en qué consiste el verdadero carácter y esto es lo que discuten los doctores.

4. Esta omnisciencia resulta de dos factores: la triple ciencia adquirida por Buda durante la noche de la Iluminación y las buenas prácticas acumuladas durante innumerables existencias. La triple ciencia consiste en el recuerdo de sus existencias anteriores, el conocimiento de la muerte y el nacimiento de los seres, y la certeza de haber destruido para siempre las impurezas, es decir, los apegos por el mundo. Las buenas prácticas no son otra cosa que la perfección de los actos corporales y vocales. De esta manera Buda está Dotado de las ciencias y de las prácticas.

5. Ciencias y prácticas son como las dos ruedas de un carro y Buda que dispone de ellas va derecho por su camino. Es por eso que es Bien Encaminado.

6. Él es también el Conocedor del mundo, del mundo del dolor, pues al despertarse a las Cuatro Verdades Santas, él descubrió el dolor, su origen, su destrucción y los medios de su destrucción.

7-8. Es por eso que le es fácil conducir a los hombres por los caminos de la salvación más apropiados a sus disposiciones naturales y él enseña a todos los seres, dioses y hombres, a liberarse de las pasiones inherentes a sus esferas de existencia. Él es entonces el Supremo conductor de aquellos seres que deben ser controlados que son los hombres y el Instructor de dioses y de hombres.

9-10. Los dos últimos epítetos, el de Buddha y el de Bhagavant, "Bienaventurado", "Señor", son claros por sí mismos. El Buddha se ha despertado por sí mismo a la verdad y participa de la felicidad de la liberación.

2. Los milagros del nacimiento.

Como sus predecesores, Shakyāmuni, el Buda del presente, proviene de un alto linaje y nació en una sabia y poderosa familia india. Al nacer fue acogido por las divinidades de las esferas superiores e inferiores, la tierra tembló de seis maneras y un gran resplandor llenó el universo.
Apenas nacido, Buda se levantó e hizo siete pasos en las cuatro direcciones, proclamando: "Yo soy el primero del mundo, yo soy el mejor del mundo, yo soy el hijo mayor del mundo. Éste es mi último renacer; no habrá más desde ahora para mí una nueva existencia".
Su cuerpo estaba adornado con las treinta y dos marcas físicas del "Gran Hombre": plantas del pie bien apoyadas y marcadas con el signo de la rueda, etc. Recompensas de méritos acumulados durante cien períodos cósmicos, tales marcas sólo aparecen en niños destinados a reinar sobre el universo entero o a convertirse un día en un Buda perfectamente iluminado. Son tan completas que los hombres no se cansan de contemplarlas.



Escultura en piedra representando la figura
de Buddha en el complejo rupestre budista
de
Ajantā. Distrito de Aurangabad.
Maharashtra, India
.



3. Los cinco elementos de la santidad.


Con todo, cuando el budista toma refugio en el Buda, no es en su persona física, por muy perfecta que sea. Producido en razón de la retribución de los actos, nacido de padre y madre, todo cuerpo material está prometido a la muerte y destinado a la corrupción. Descuidando pues este "cuerpo de podredumbre", el asceta se adhiere de preferencia a los elementos puros que constituyen la santidad de Buda. Son cinco: 1. moralidad; 2. concentración del espíritu; 3.sabiduría; 4. liberación; 5. saber y visión de la Liberación.

1. En Buda, como en los santos, la moralidad no es un atributo innato que le pertenezca por naturaleza y por derecho; es una cualidad adquirida con grandes esfuerzos en el curso de innumerables existencias desde el momento en que hace el voto de convertirse en un Buda. Para purificarse a sí mismo y por compasión por los seres, se ha abstenido de todo acto capaz de dañar a otro: pecados del cuerpo, como dar muerte a seres vivos, el robo, y la lujuria; pecados de la palabra, como la mentira, la calumnia, la expresión injuriosa y la expresión vana; pecados del pensamiento, como la codicia, la maldad y la aberración mental. No por ser adquirida y no innata es esta moralidad menos perfecta.

2. Absteniéndose del pecado, el Buda ha purificado y agilizado su pensamiento con una larga práctica de concentración del espíritu. En la etapa final actúa como maestro con los éxtasis (dhyāna) y con las concentraciones (samāpatti) en el curso de los cuales el pensamiento, reduciendo gradualmente su funcionamiento, accede a voluntad a las esferas del mundo material sutil y del mundo inmaterial, liberándose al mismo tiempo de las pasiones inherentes a estas esferas y que podrían retenerlo prisionero.

Es imposible conocer el pensamiento de un hombre en el momento de la concentración y, con mayor motivo, aquél de un Buda que se encuentra siempre en concentración. Pero es posible comprobar los efectos maravillosos de esta concentración y los poderes sobrehumanos que de ella derivan.
Entre los prodigios más espectaculares es necesario mencionar aquél de la multiplicación de los Budas ficticios realizada por Shākyamuni en Shravastī y en muchos otros lugares.
Del cuerpo de Buda y de los poros de su piel, emergieron rayos de luz que, en las diez regiones del espacio, iluminaron universos tan numerosos como las arenas del Ganges. De cada uno de estos rayos surgieron flores de loto con siete piedras preciosas y mil hojas. Sobre cada una de estas flores había un Buda sentado. Cada uno de estos Budas lanzó innumerables rayos.
De cada uno de estos rayos surgieron otras flores de loto con siete piedras preciosas y mil hojas. Sobre cada una de estas hojas había un Buda sentado.
Todos estos Budas llenaban, en las diez regiones del espacio, universos tan numerosos como las arenas del Ganges y convertían a los seres: unos predicaban la Ley, otros guardaban silencio, otros se paseaban, otros en fin, realizando prodigios de magia, lanzaban alternativamente agua y fuego.

Con estos múltiples medios salvíficos, ellos convertían a los condenados, a los lémures, a los animales, a los hombres y a los dioses repartidos en las diez regiones. Tales son los prodigios que derivan normalmente de la disciplina mental.

3. Basada sobre la moralidad y estimulada por la meditación, la sabiduría de Buda es perfecta. Durante innumerables períodos, incalculables, no existe ninguna ciencia, ningún saber que él no haya cultivado. Una larga y paciente búsqueda le ha permitido descartar los juicios de los hombres vulgares y encerrarse en un perfecto relativismo.

Tanto desde el punto de vista moral como filosófico, él ha encontrado el justo medio entre los puntos de vista extremos que son el laxismo y el rigorismo, la creencia en la existencia y la creencia en la inexistencia.
Sólo él ha penetrado a fondo en la total ausencia de características de los seres y de las cosas: nada es eterno o transitorio, finito o infinito, móvil o inmóvil, existente o inexistente, impuro o puro, sometido a la causalidad o al margen de la causalidad, sometido al nacimiento o a la destrucción, vacío o no vacío. La ausencia total de características alcanza las dimensiones del espacio y, como el espacio es ilimitado, el saber de un Buda no tropieza con ningún obstáculo.
Su sabiduría es más que un simple saber, es una fuerza de infinitas aplicaciones.

4. Durante la noche de la Iluminación, Buda realizó la Liberación perfecta. Mediante la visión de las verdades, eliminó todo error concerniente al mundo del devenir y triunfó sobre los errores que consisten en considerar como eterno lo que es transitorio, como placentero lo que es doloroso, como puro lo que es impuro y como un Yo lo que no es un Yo. Siendo estas nociones opuestas correlativas, basta que una de ellas no exista para que su contraria desaparezca por ese solo hecho. La supresión de la afirmación y de la negación es la visión correcta de las cosas, que pertenece como algo propio al Buda y que fue comunicada por él a sus discípulos.

Mediante la meditación de esta verdad, Buda ha destruido las pasiones que, en la tarde de su meditación, lo ligaban aún a la esfera superior de la existencia. Destruyendo el doble obstáculo que mantiene a los seres en la transmigración dolorosa, a saber, el obstáculo al saber y el obstáculo que consiste en las pasiones, Buda ha accedido a la Liberación sin obstáculo, al Nirvāna.

5. Hay santos que, habiendo llegado ellos también a la Liberación, no se dan cuenta de ello. Ése no es el caso de Buda que, apenas liberado, posee el Saber y la Visión de la Liberación. Sabe que sus impurezas están destruidas y que ya no se reproducirán, pues definitivamente él ha reconocido al dolor, ha abandonado su origen, ha realizado su destrucción y ha cultivado el camino de su destrucción.

En una palabra, ha pasado del mundo condicionado del dolor, al incondicionado del Nirvāna, que no es otra cosa que la ausencia de dolor. Darse cuenta de ello es gozar de la felicidad del Nirvāna.
Dueño de esta experiencia, Buda sabe cómo hacer participar de ella a aquellos que sufren todavía en los caminos de la transmigración. Conoce a aquellos que pueden ser salvados y los medios que hay que utilizar para salvarlos: consejos, exhortaciones, reprimendas, milagros, etc. La gama de los medios salvíficos desplegada por Buda es tan variada como sensata.

La omnisciencia de los Budas tiene esto de particular: que está asociada a la Gran benevolencia. Los santos, ellos también practican, para con los seres felices o desdichados, meditaciones de benevolencia y de compasión, pero sólo son ejercicios platónicos que tienen como único resultado purificar su propio pensamiento sin traer consigo ningún otro efecto tangible. La gran benevolencia de los Budas es eminentemente útil a los seres. Por una suprema paradoja, el Buda, que en su omnisciencia ya no ve ni seres ni cosas, es llevado por su benevolencia y su compasión a salvar a todos los seres.

Tres veces durante el día y tres veces durante la noche, considera al mundo preguntándose a quién podría él sacar de la ruina para establecerlo en la Liberación. Una estrofa dice: "El océano, morada de los monstruos marinos, podría pasar por encima de sus bordes, pero, para sus hijos que él ha de convertir, jamás el Buda dejaría pasar el momento".


Autor: Étienne Lamotte.  Revista de Estudios Budistas Nº 1 - Abril de 1991. 
Asociación Latinoamericana de Estudios Budistas
- Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, y Fundación Instituto de Estudios Budistas (Argentina).
Directores: Carmen Dragonetti y
Fernando Tola.

Lee también: Buda, Dharma, Sangha: La Triple Joya del Budismo según Nāgārjuna (2ª Parte)

01 diciembre, 2019

Sentido y sentidos de la palabra Yoga

El yoga es la disciplina física, mental y espiritual que se originó en la India antigua, cuyo objetivo último es la realización del máximo potencial del ser humano.
Ciertamente, ante todo es una tradición que nació en el seno de la cultura ascética de la India antigua, donde todavía pervive en una gran variedad de formas, pero al mismo tiempo se ha convertido en un enfoque y un modo de vida que ha influido y se ha adaptado a otras culturas, tanto religiosas como laicas, del mundo entero.

Desde sus orígenes milenarios hasta la actualidad, el yoga ha ido integrando una gran variedad de técnicas físicas, mentales y espirituales, combinadas de distintos modos, pero siempre con el fin de controlar el cuerpo, la respiración y la mente, liberándolo del sufrimiento y conduciéndolo al conocimiento del propio Ser. Esta gran capacidad de transformación y adaptación nos permite afirmar que el yoga, lejos de ser una religión o una tradición monolítica, es una cultura dinámica que asume formas distintas en función de los contextos donde arraiga y las personas que lo practican.

La palabra sánscrita yoga deriva de la raíz verbal yuj, que significa «atar, uncir» y está emparentada con el inglés yoke y el español yugo. Su significado primario es el de «uncir el buey al yugo» y se aplica también a la acción de «aparejar (un caballo)», «equipar (un ejército)», «colocar (una flecha en el arco)», «colocarse (una armadura)», etc. De este sentido original de «uncir, aparejar, equipar, colocar», se deriva su sentido más común que es el de «aplicación, uso, empleo, práctica, método, medio, procedimiento, recurso, técnica, disciplina», etc. Esta acepción de «método, procedimiento o vía» es la más común y por eso se puede hablar de muchos tipos de yoga: «el método o la vía de la acción», «la vía del conocimiento», «la vía de la devoción», etc.
Por este motivo, en la literatura sánscrita, y también en su uso actual, hallamos numerosos compuestos terminados en -yoga, donde esta palabra tiene este significado de «práctica» o «aplicación disciplinada», como por ejemplo: nāda-yoga (yoga del sonido), kriyā-yoga (yoga de la acción), mantra-yoga (yoga de la recitación de mantras), kuṇḍalinī-yoga (yoga de la energía), nidrā-yoga (yoga de los sueños), por mencionar solo algunos ejemplos.


Grabado del s. XIII hallado en la cueva de Kudakumalai, en el estado
indio de Tamil Nadu. En el mismo aparece representado un
Sādhaka
en postura de meditación.


El significado de «unión», que es tan popular hoy en día en las escuelas de yoga, es posterior y muy secundario y se debe a la influencia de escuelas filosóficas distintas del yoga de Patañjali. Seguramente los primeros en usar la palabra yoga en el sentido de «unión del alma con la divinidad» fueron los śivaítas de la escuela pāśupata y posteriormente el vedānta para indicar la fusión del alma individual (ātman) con el brahman universal. Sin embargo, hay que señalar que en la literatura sánscrita la palabra yoga no tiene el significado de «fusión», pero sí el de «contacto, conjunción o unión» de dos cosas que se tocan sin disolverse la una en la otra. Esto es importante porque para Patañjali, en contra de lo que dicen muchos maestros, la palabra yoga no significaba unión, sino un método determinado que consistía en la detención de los procesos mentales.

Todo esto justifica que hablemos del yoga no como una doctrina o una religión, sino más bien como una multitradición cultural y espiritual, que integra diversas corrientes, enfoques y aplicaciones. En este sentido, se habla de distintas formas o sendas del yoga, muy diferentes en cuanto a su contexto histórico, prácticas, conceptos y terminología.

Del libro Diccionario del Yoga: Historia, Práctica, Filosofía y Mantras.
-Òscar Pujol y Laia Villegas-

25 noviembre, 2019

Aprender a Respirar

Prana: La Energía de Vida

Para el Yoga, la energía universal y omniabarcante, de carácter dinámico y que todo lo anima, es denominada Shakti. Shakti hace posible todos los fenómenos, desde los más ultra sutiles a los más burdos; es cinética, y es poder que se constela en todas las formas, nombres y sonidos. Hace posible el flujo y reflujo cósmico, la evolución-involución-disolución del Universo. Esta energía que, como fuerza vital, anima al ser humano, es conocida con el nombre de prana. Prana es fuerza vital, energía de vida, hálito o aliento. Cuando prana opera armónicamente en el individuo, proporciona equilibrio, salud y felicidad; cuando cursa inarmónicamente, engendra tensiones, malestar y dolor.

El yogui aprende a equilibrar, acopiar y reorientar adecuada y sabiamente su prana. Hay una antigua definición de Yoga que declara: "Yoga es la unificación de las energías diseminadas". La respiración consciente (pranayama) y la relajación lúcida (savasana) son fuente de prana o energía vital. En la medida en que nos vamos descubriendo a nosotros mismos en profundidad, vamos conectando con prana o el proceso de vida que nos sustenta.
Prana está en el origen de nuestra unidad psicosomática. Prana es la vida misma fluyendo en el complejo cuerpo-mente. Si conocemos y controlamos prana, viviremos con mayor plenitud, armonía, contento y bienestar.
Quien domina su prana, domina su cuerpo y su mente. Quien logra establecerse en el prana, se abre a la energía universal o Shakti, se expande y se hace uno con el cosmos.
Las técnicas de control respiratorio nos enseñan a manipular sagazmente el prana. Como el prana hace posible no sólo la vida del cuerpo, sino también todas las operaciones sensoriales y psicomentales; quien logra controlar el prana, controla asimismo sus órganos sensoriales, su mente y su sistema emocional.
Mente y prana están muy interconectados; como se nos dice, la mente es el jinete y la respiración es su cabalgadura. Entre los estados mentales y emocionales y la respiración hay una estrecha relación y recíprocas influencias. Todo estado mental o emocional fija un modo o ritmo de respiración, de igual forma que toda intencionada regulación de la respiración origina un correspondiente estado psicomental. De ahí que los yoguis trabajen con el pranayama para generar específicos y sugerentes estados mentales y emocionales.

La restricción de la respiración conduce a la contención del pensamiento. Una respiración muy controlada y lenta favorece la concentración, vacía la mente de pensamientos reactivos, unifica la consciencia. A través del control sobre la respiración se llega al control sobre la mente, como a través del dominio sobre la mente se modifica el ritmo respiratorio.
En la meditación profunda, el ritmo respiratorio no es el habitual; se modifica sin que nos lo propongamos. Del mismo modo, cuando efectuamos pranayama, se altera el curso de la mente. Prana y mente se interrelacionan muy estrechamente. El prana o energía vital anima el cuerpo, pero también hace posible todas las operaciones intelectivas y emocionales.
Gracias al prana funcionan los órganos sensoriales, son posibles las sensaciones y funcionan mente y sistema emocional. Hay yoguis que a través de un enorme control sobre la respiración y subsiguientemente sobre el prana, han logrado un extraordinario sometimiento de su cuerpo y de sus órganos psicomentales. Hay un gran secreto en el pranayama, y lo descubriremos en la medida en que practiquemos. Con razón, el mismo Krishnamurti practicaba asiduamente prolongadas sesiones de pranayama.

El control respiratorio higieniza, limpia, ordena y pacifica. Cuando la mente, a través de la suspensión de la respiración, se vacía de inútiles contenidos y se remansa en un silencio perfecto, se revelan realidades que están más allá del pensamiento.
Todo ser humano es un universo en miniatura o microuniverso. Somos baterías o acumuladores de prana, y hay mucho prana a nuestra disposición pero malgastamos nuestra energía de muchas maneras: dispersión mental, obsesiones y fricciones, venenos emocionales (odio, celos, avidez, etc.), anhelos compulsivos, pereza, desasosiego y muchas otras. Pero las técnicas yóguicas, y entre ellas la respiración consciente y controlada, proporcionan y estabilizan la energía; silencian el cerebro y lo purifican; unifican la consciencia.

La mente del ser humano puede entrar en tres estados. Es muy fluctuante y a menudo pasa de uno a otro, lo que también se puede observar más nítidamente durante la práctica meditacional. Estos tres estados son: agitación (Rajas), torpor (Tamas) y pureza (Sattva). Las prácticas yóguicas tratan de ir conduciendo a la mente pura o sátvica, que proporciona armonía, contento, energía y sosiego.
El pranayama purifica y estabiliza la mente. La sustancia que forma la mente es vivificada por prana. Si controlas prana, pacificas la sustancia mental. Además, así es posible conectarse con la energía universal y armonizarse con ella. Si prana es la energía que todo lo origina y que es la bisagra entre el ser humano y la potencia cósmica, dominando prana viajamos a través de él hacia el Cosmos.

No son conceptos ni palabras; son experiencias reveladoras y altamente modificadoras. El prana abastece de vida a todos los seres sintientes. Es transindividual, pero opera también individualmente. Del mismo modo que el agua que anima a las plantas y flores es la misma, aunque éstas sean diferentes, el prana que nos sustenta a todos es el mismo. El prana está en la sangre, en las células, en las neuronas y conforma, asimismo, el cuerpo energético, que se corresponde con el físico y lo interpenetra.
En este cuerpo de energía hay centros energéticos y canales por los que circula la energía: son los denominados, respectivamente, chakras y nadis. En el ser humano la energía se polariza y se torna solar-lunar, es decir, positiva-negativa, centrífuga-centrípeta, caliente-fría. Cuando hay una perfecta armonización de la energía positiva-negativa, masculina-positiva, hay salud, bienestar y equilibrio. La ruptura de nivel proporciona malestar y enfermedad, incluso muerte.
Cuando el prana se retira del cuerpo (y lo hace por los orificios), se produce la muerte, o, dicho al contrario, cuando uno muere, el prana escapa por todos los orificios del cuerpo. El yogui realizado, empero, saca su prana por la abertura de la cabeza.

La respiración (y respiramos de quince a veinte veces por minuto habitualmente) fluyendo por la fosa nasal derecha enfatiza la energía positiva; por la fosa nasal izquierda, la negativa. Es el equilibrio de fuerzas centrífugas y centrípetas en el ser humano; la alternancia de energías masculinas y femeninas, solares y lunares.
Cuando una persona está perfectamente sana y equilibrada, respira dos horas por una fosa nasal y dos horas por la otra. De ello se encarga, sabiamente, la membrana mucosa. Pero como hay muy pocas personas sanas de mente y cuerpo, la alternancia no es tan regular. Los yoguis conocen una docena de procedimientos para que se abra uno u otro orificio nasal, como he expuesto en algunas de mis obras. El aire por una y otra fosa también equilibra la temperatura del organismo.
La fosa nasal derecha transporta energía caliente, y la izquierda, energía fría. Es también el juego de las potencias catabólicas y anabólicas.

Los conocimientos fisiológicos experienciales de los antiguos yoguis eran realmente soberbios. Las técnicas de pranayama regulan perfectamente las energías. Así, el pranayama es fuente de salud, vitalidad y armonía. Se nos especifica que, desde la medianoche al mediodía, el prana circula por los nervios, en tanto que del mediodía a medianoche los hace por las venas y arterias. Así fluctúa el ánimo, el talante y el tono vital según las horas del día. De acuerdo con ello, el yogui sabe incluso cuándo es mejor practicar y meditar. Son momentos muy especiales la conjunción de la noche y el día y la del día y la noche.
El prana opera menos intensamente avanzada la noche y al amanecer. Es un momento de calma, pero también de riesgo para el cuerpo y puede producirse más fácilmente la muerte. Lo mismo puede suceder al anochecer. Para el yogui es esencial que el prana circule fluida y armónicamente. Dispone de muchas técnicas para equilibrar el prana, entre ellas todas las de Hatha Yoga.
El prana, operando en los diferentes centros energéticos, rige los distintos elementos: tierra, agua, fuego, aire y éter. Quien domina el prana dominará también estos elementos, facilitará la salud y la longevidad, se hará más ecuánime y resistente. Estos elementos están todos en el organismo. Cuando se desequilibran, se produce malestar y enfermedad.



Ramiro A. Calle


También hay tres elementos orgánicos en el cuerpo sobre los que el yogui trabaja mucho para armonizados. Son: sangre, linfa y aire. El prana operando en el cuerpo, por otro lado, hace posible todas las funciones orgánicas y se subdivide en cinco pranas y cinco subpranas, que se encargan de todos los procesos orgánicos, hasta de los aparentemente más insignificantes, como el hipo o la tos.

A través de las técnicas de pranayama, el yogui también se empeña en controlar todos los pranas y subpranas. De hecho la retención del aliento sirve para unificar la energía ascendente y la descendente. El prana hace posible la dinámica de los cinco órganos sensoriales, pero también la de los órganos de acción: reproducción, excreción, manipulación, etc. Controla, pues, los cinco sentidos sensoriales y los cinco sentidos de la acción. Así, según el prana esté más equilibrado o no, este control será más hábil o más difuso.
Toda la sensibilidad y sentido de la orientación es gracias al prana.
Cuando se produce la concepción, prana entra en acción sobre el ser humano. Forma y conforma el embrión; está ya, obviamente, en el espermatozoide y en el óvulo. El prana ya no nos deja hasta que se produce la muerte definitiva.
Durante toda la vida, operando mejor o peor, hará posible todas las funciones y procesos psicofísicos. Reabastecemos nuestro prana a través de la respiración, el alimento, el descanso (y relajación), el sueño y las impresiones mentales. Si estas fuentes de energía las mejoramos, dispondremos de mayor energía.
Tanto las técnicas de respiración como las de relajación intensifican y mejoran la acción del prana. Es importante que la energía fluya libremente. Cuando hay cortocircuitos y bloqueos, el prana se estanca. Los yoguis ponen especial atención en despejar los canales energéticos de impurezas.

El control sobre el prana (y a ello favorece estrechamente la –respiración yóguica) hace posible el control sobre el cuerpo, la mente y el semen. Pero, además, el pranayama favorece el corazón, los pulmones, las fibras eferentes del vago y las vías respiratorias en general. Se aprovecha mejor el alimento ingerido y las horas de sueño, con lo cual sería posible comer menos y dormir menos.
Durante la noche, el prana se recoge en el pericardio. Una vez despiertos, comienza a operar por los canales energéticos y a cumplimentar todas las funciones psicofísicas.
Los yoguis recomiendan un ejercicio consistente en tomar consciencia del estado intermedio entre la vigilia y el sueño, cuando empiezan a producirse las primeras ensoñaciones. Para los yoguis, y a lo largo de las horas de sueño, la mente entra sólo unos once minutos en el sueño sin ensueños. Entonces hay un remansamiento intenso de prana, un descanso muy profundo y una desconexión con los órganos sensoriales. Es un vacío altamente reparador; una meditación natural. La actividad mental cesa durante esos pocos minutos, pues el resto de las horas de sueño siguen produciéndose pensamientos a través de imágenes oníricas, lo que también juega una función de limpieza y desbloqueo psicológico.

Los sueños tienen, obviamente, su realidad. Son otro nivel de realidad. Para los yoguis hay cuatro estados de mente: mente con ensueños, mente sin ensueños, mente de vigilia y mente supraconsciente o supracotidiana. Solamente mediante el trabajo interior para la evolución de la consciencia es posible aspirar a la mente supracotidiana, que revela realidades de orden superior y que representa una mutación de la consciencia.
Para acceder al lado más silente y quieto de la mente, los yoguis se sirven de la suspensión del aliento y la inmovilidad de la mente. Al inhibir los procesos pensantes ordinarios, brota otro modo de conocimiento. Se ponen los medios para que se manifieste la sabiduría de la quietud, con su lenguaje suprarracional y liberador. Como reza la antigua instrucción yóguica, "sólo cuando se acalla el griterío de los pensamientos, se escucha la voz reveladora del ser interior".

Aprendiendo a respirar y aprendiendo a relajarnos, estaremos accediendo a la energía que está en la fuente del cuerpo y de la mente. Cuando cesan todas las actividades psicomentales y el cuerpo se detiene, la energía que anima el proceso cósmico, nos expande y purifica.
La primera clave consiste en parar. La segunda, en mirar y comprender desde la pureza de la mente. Entonces despunta la visión pura, a la que se refiere Patanjali, y la visión penetrativa (Vipassana) a la que invita el Buda; esto es, la visión desveladora y reveladora, libre de ofuscación, avidez y odio, y en cuyo espacio sin límites se maridan la inteligencia primordial y la compasión infinita.

Extracto del libro Relajación y Respiración.
-Ramiro A. Calle-

30 julio, 2019

Sanatana Dharma e Hinduismo

El Hinduismo mantiene que existen innumerables maneras de liberarse. Nunca se esperaría que todos sus seguidores lograran acercarse a lo divino de la misma manera y por ello provee diferentes conceptos, rituales y ejercicios espirituales para diferentes modos de conciencia. El hecho que muchos de los conceptos o prácticas sean contradictorias no preocupa en lo más mínimo a los hindúes, pues ellos ya saben que Brahman está más allá de conceptos e imágenes.

Debido a esta posición se explica la gran tolerancia que es característica del Hinduismo.
Entre las formas de lograr la liberación se encuentra el Yoga, palabra que significa “colocar un yugo”, “unir” y que se refiere a la unión del alma del individuo a Brahman.

Para el hindú común, la forma más popular de acercarse a lo Divino es venerarlo en la forma de un Dios o Diosa personal. La fértil imaginación hindú ha creado literalmente miles de deidades que aparecen en innumerables manifestaciones. Tres de los más venerados en India actualmente son Shiva, Vishnu y la Madre Divina.


Con el nombre de Trimûrti, término sánscrito que significa
“tres formas”, se designa a las tres deidades más relevantes
del panteón hindú:
Brahmā, Vishnu y Shiva.


La mente occidental se confunde fácilmente con el número fabuloso de dioses y diosas que pueblan la mitología hindú en sus variadas apariciones y encarnaciones. Para entender como los hindúes pueden desenvolverse entre esta multitud de deidades, debemos entender la actitud básica del Hinduismo de que en la sustancia todas estas divinidades son idénticas. Son todas manifestaciones de la misma realidad divina, reflejando diferentes aspectos del infinito, omnipresente y —finalmente— incomprensible Brahman.

El Hinduismo presentado desde dentro: Sanatana Dharma

El Hinduísmo es conocido en Sánscrito, el idioma original de la India, como "Sanatana Dharma".

"Sanatana" significa "Eterno" y "Dharma", concepto abstracto de múltiples sinónimos y equivalencias no siempre felices, puede interpretarse como "Religión".

Desde el punto de vista de nuestra cultura occidental, el Hinduismo es conocido como una religión mientras que para los hindúes es, además de eso, una manera de vivir toda una cultura milenaria.
El Hinduísmo es una de las más viejas y profundas filosofías de vida de la humanidad. Como los filósofos, los viejos maestros hindúes investigaron la verdad subyacente detrás de nuestras existencias y así definieron un cuerpo filosófico que explica en forma coherente esa verdad. Como corolario, crearon un conjunto de normas del "buen vivir" terrenal, normas y consejos que pueden ser considerados eternos, pero que no constituyen en sí una religión.

Para los hindúes, el vivir de acuerdo al "Dharma" o "vivir "Dhármico", es lo que nosotros confundimos como Hinduísmo.

Fuente:

Extracto de El Hecho Religioso y las Religiones en su Historia. Documento del Instituto Teológico Diocesano de Albacete, España.

29 julio, 2019

Algunos puntos de importancia acerda del Hinduismo

Maya - Karma - Moksha

Tema recurrente en la mitología hindú es la creación del mundo a través del auto-sacrificio de Dios, “sacrificio” en el sentido original de “hacer sagrado” por el cual Dios se transforma en el mundo que, al final, nuevamente se transforma en Dios. Esta actividad creadora de lo Divino se llama Lila, El Juego de Dios, y el mundo se considera una etapa de la obra teatral divina.

El mito de Lila, como la mayoría de la mitología hindú, tiene un fuerte sabor mágico.
Brahman es el gran mago que se transforma en el mundo y realiza este acto con su “poder creador mágico”, que es el significado original de Maya en el Rig Veda.

La palabra Maya, uno de los términos más importantes en la filosofía hindú, ha cambiado de significado a través de los siglos. Desde “poder” o “fuerza” del divino acto o mago, se transformó en el estado psicológico de cualquier persona bajo el hechizo de la obra teatral mágica.
Mientras confundamos la infinidad de formas de la divina Lila con la realidad, sin percibir la unidad de Brahman dentro de todas estas formas, estamos bajo el hechizo de Maya.

Por lo tanto, Maya, no significa que el mundo es una ilusión, como equivocadamente se dice. La ilusión meramente se encuentra en cada punto de vista, si pensamos que las formas y estructuras, cosas y eventos, que rodean al hombre son realidades de la naturaleza, en vez de darnos cuenta de que ellos son conceptos creados por las propias mentes empeñadas en medir y categorizar. Maya es la ilusión de tomar estos conceptos por realidades, de confundir el mapa con el territorio.


 Lord Shiva junto a Nandi esculpidos en uno de
los corredores del Durga Temple. Estado de
Karnataka, India.


En la visión hindú de la naturaleza, por lo tanto, todas las formas son relativas, fluidas, el siempre cambiante Maya, poder conjurado por el gran mago de la divina obra teatral. El mundo de maya cambia continuamente pues el divino Lila es una obra rítmica y dinámica. La fuerza dinámica de la obra es el Karma, otro concepto importante del pensamiento hindú: Karma. Es un principio activo de la obra, la acción total del universo, donde todo está dinámicamente conectado con todo el resto. “Karma es la fuerza de la creación, de la cual todas las formas obtienen su vida”.

Liberarse del conjuro de Maya, romper las ataduras del Karma, significa darse cuenta de que todo fenómeno que percibimos con los sentidos es parte de la misma realidad. Significa experimentar, completamente y personalmente, que todo, incluyéndose uno mismo, es Brahman. Esta experiencia es llamada Moksha, o Liberación en la filosofía hindú y es una parte importante de la esencia del Hinduísmo.

Fuente:

Extracto de El Hecho Religioso y las Religiones en su Historia. Documento del Instituto Teológico Diocesano de Albacete, España.

28 julio, 2019

Generalidades sobre el Yoga (1ª parte)

Es natural que el lector desee en primer lugar satisfacer su curiosidad por saber: ¿qué es el Yoga?, ¿para qué sirve?, ¿quiénes lo practican?; y si las respuestas a estos interrogantes lo han satisfecho, si, él también puede hacerlo.

Respecto a qué es el Yoga, muchos estudiosos han intentado dar una respuesta precisa, sin lograrlo plenamente. ¿Una filosofía?, ¿una gimnasia? Quizás la mejor respuesta sería que es una práctica, un adiestramiento, por eso es tan difícil hablar sobre “el Yoga”, porque el Yoga hay que experimentarlo.

Podríamos leer muchos libros sobre sus orígenes, sobre su desarrollo histórico, sobre sus grandes maestros y, sin embargo, no llegar a saber esencialmente nada sobre él. Lo mejor es comenzar muy gradualmente su práctica e ir satisfaciendo paralelamente la curiosidad sobre el tema. De esta manera lo aprendido tendría su correspondencia con lo experimentado personalmente y se aceptará y asimilará sin dificultad.

Ahora bien, una práctica ¿de qué y con qué objetivo? Una práctica de un nuevo modo de obrar que procura una nueva manera de ser. Una forma de hacerse apelando a nuestras propias fuerzas y poniéndolas al servicio de un autodesarrollo integral. Este desarrollo integral involucra a todo el ser (cuerpo, mente y espíritu) y tiene como último objetivo trascenderlo para lograr la unión con el espíritu supremo universal. Justamente la palabra Yoga significa unión o comunión.


Adiyogi Shiva. Busto construido en acero en la localidad
de Koyamuttur, India.
En el Libro Guinness de los Récords se lo
 menciona como el busto más grande del mundo. Sus 112 pies
de altura representan las 112 formas existentes para alcanzar
 Moksha o Liberación. Lord Shiva es considerado
el arquetipo del
yogui por excelencia, un Mahayogui y, también, el creador del Yoga. 


La primera tarea es disciplinar el cuerpo en procura de la conquista de la salud y el bienestar perfectos a través del control consciente de todas las funciones fisiológicas, el conocimiento del cuerpo y sus funciones, pero no solamente a la manera del gimnasta o del médico, sino a la manera del yogui, que no sólo conoce su cuerpo y sus funciones, sino que es su cuerpo y cada una de sus funciones y por eso puede controlarlas y dirigirlas, por eso se dice que el Yoga es un sistema psicofisiológico. Empero, no es esta su meta, sino tan sólo una etapa necesaria: de ahí que la mera salud o la prolongación de la vida sean condiciones necesarias, pero no objetivos supremos. En resumen: el Yoga es una práctica que conduce al autodesarrollo integral con un fin trascendente: la comunión con Dios o Espíritu Universal.

¿Quiénes lo practican? Los móviles de las numerosas personas que han comenzado su práctica son múltiples, sin embargo todas están signadas por el común denominador que es la insatisfacción de sus actuales condiciones de vida. Una salud quebrantada por un desordenado comportamiento, la pérdida de los objetivos que en algún instante de la vida parecieron importantes y que luego perdieron todo significado dejando una dolorosa sensación de vacío, una incipiente búsqueda de nuevos valore más allá de los propios de la vida mundana, son sólo algunos de esos móviles, y la conciencia de esas carencias despierta en algún momento de nuestra vida, distinto en cada ser humano, es por ello que encontramos practicantes de toda edad y sexo.

Algunos perseveran: los que reconocen a esta práctica como un camino; otros abandonan y se alejan en busca del suyo. La disciplina es suficientemente flexible como para adaptarse a las diferentes posibilidades de crecimiento. Y, finalmente: ¿el Yoga es para mí? Aquél que ha comenzado a conocer la existencia de planos más elevados y sutiles de la vida, que siente la necesidad de acceder a ellos y que se sabe poseedor de la fuerza de voluntad y perseverancia como para iniciar una disciplina crecientemente transformadora, pero en igual medida exigente y dura, ese puede ser que encuentre en el Yoga su camino, y si no lo es, que no desfallezca hasta encontrar el suyo: todo hombre lo tiene.

Extracto del libro Yoga Segundo Nivel, Después de los Primeros Pasos. Editorial Albatros.
Horacio G. Maniglia, profesor de Hatha Yoga.

Lee también:
Generalidades sobre el Yoga (2ª parte)

15 junio, 2019

Los Iniciados de la India

En la India, durante cientos de años el conocimiento superior ha sido conservado por los yoguis. Estos hombres supieron encontrar en la soledad, y trabajando incansablemente sobre sí mismos, unas valiosas técnicas de interiorización, capaces de conducir al ser humano al autoconocimiento y a la transformación. Apartados de los densos ceremoniales y ritos del Hinduismo, más allá del mundo ilusorio de las apariencias, despreciando honores y riquezas, cortando sus lazos familiares y sociales, los yoguis, con denodado afán, se han dedicado desde hace siglos a la búsqueda de la verdad trascendente.
¿De qué le sirve al hombre ser dueño de todo si no es dueño de sí mismo?

El Yoga es autocontrol; autocontrol físico, mental y emocional. El Yo debe prevalecer sobre los instintos y las pasiones, sobre los pensamientos y la imaginación, sobre los sentimientos y las emociones. El Yo debe ser purificado.

Para llegar a la Liberación hay que transformarse profundamente; para poder transformarse hay que conocerse; para poder conocerse hay que descender hasta los abismos de uno mismo y tomar estrecha conciencia del mundo interior. Complejos, inhibiciones, conflictos, temores, hábitos y pensamientos negativos... El yogui debe realizar en sí mismo una gran limpieza. El adiestramiento es necesario, imprescindible. Durante años, a veces durante toda una vida o varias vidas, el yogui mantiene un tenso y abierto combate consigo mismo. No puede haber un minuto de descanso o de distracción, porque en ese caso la Liberación puede retrasarse considerablemente. La libertad interior exige un esfuerzo tal, que sólo unos pocos entre miles serán capaces de efectuarlo.

El término Yoga significa «unir» o «reunir». Unión del hombre consigo mismo -integración- y con Dios -liberación-. Es un sistema soteriológico originado en la India y que ha tenido una inmensa influencia en todo el pensamiento indio en general. Es un sistema difícil de seguir. No exige unas creencias definidas, pero sí una exhaustiva investigación del Yo. El practicante, mediante determinadas técnicas de introspección, concentración y meditación, debe despojarse del falso Yo, la personalidad, y llegar al verdadero Yo, la conciencia pura.

Los yoguis nos han transmitido una valiosa y eficaz enseñanza, que se ha ido enriqueciendo cada vez más a lo largo de los siglos gracias a la labor admirable de unos hombres que supieron sacrificarlo todo para obtener el conocimiento superior.

Para conseguir el conocimiento superior es necesario el desapego, la exploración minuciosa de uno mismo, la conciliación de los pares de opuestos (frío-calor, amargo-dulce, negro-blanco; el pensamiento dualista) y la visión intuitiva.

El yogui debe seguir un autoadiestramiento tanto mental como moral, psicológico y espiritual. Si el trabajo sobre su mente y sobre su mundo interior en general es importante, también lo es el que debe realizar sobre su conducta. Debe observar estrictamente unas normas morales y unas reglas mentales y espirituales.

A medida que el yogui va perfeccionando su conducta y ennobleciendo su espíritu debe ir entrenándose en el control de su mente. Hay que destruir los moldes del pensamiento y los conceptos erróneos, a fin de llegar al «conocimiento exacto»

Como explicaba Siddharta Gautama, el fundador del Budismo, la ignorancia es causa de muchos otros males. El Hinduismo también considera que hay que llegar al «conocimiento exacto», y el yogui va tratando de encontrar, día a día, la luz que termine por disipar las tinieblas de la ignorancia. Desapegado y dueño del «conocimiento exacto», el camino hacia la Liberación (Samadhi) será mucho más seguro; sus esfuerzos serán más fructíferos y la verdad interior relucirá con un nuevo fulgor.

Todos los esfuerzos del yogui están destinados a la persecución del Samadhi; porque él representa la Liberación absoluta —no sólo psicológica o mentalmente, sino, lo que es mucho más importante, espiritualmente, el cese de nuevos nacimientos y muertes, el conocimiento de la verdad trascendental, la obtención de una supraconciencia y la fusión definitiva con la conciencia cósmica.






El yogui encontrará muchas dificultades en su camino hacia la realización, incluso muchos riesgos, porque toda aventura espiritual es peligrosa, y mucho más aquella que pretende escalar hasta las cimas más elevadas. Pero si la caída no se produce, el yogui podrá experimentar las delicias de un mundo interior imperturbablemente sereno.

Durante muchos siglos se ha seguido la enseñanza oral y personal, y los maestros sometían previamente a sus discípulos a una significativa iniciación. Las prácticas ascéticas, el absoluto desapego, el enorme trabajo interior que tienden a la consecución de una conciencia más allá de la normal, supraconciencia, y la transmutación pueden originar graves perturbaciones en el practicante que no conozca y observe fielmente la enseñanza. Es tal el cúmulo de experiencias psicológicas, e incluso parapsicológicas, por las que debe pasar el practicante, que un paso en falso puede precipitarle en la más hermética oscuridad. Son muchas y muy variadas las técnicas, y algunas exigen cuidado, dedicación y paciencia. No es lo mismo cambiar simplemente un hábito por otro que proceder a toda una transformación de raíz. El practicante no deberá conformarse con dominar su mente consciente, sino que también deberá investigar en su subconsciente y dominar sus corrientes y sus latencias.

El Yo debe lograr su propia autonomía. Únicamente así puede surgir la libertad y la independencia interiores, tan apreciadas por el yogui. Es un dominio tal el que el practicante debe obtener, que nada debe pasar desapercibido para su conciencia, que con el entrenamiento adecuado cada vez se va volviendo más receptiva y más penetrante. Y así le será dado obtener la plenitud de la conciencia, que está más allá de las palabras y de los conceptos, que por su naturaleza es intelectualmente inaprehensible, aunque sí experimentable.

Algunos autores, hay que pensar que por un completo desconocimiento, han calificado a los yoguis de «escapistas» o visionarios. Curiosa paradoja esta de que el hombre, determinado por sus prejuicios y convencionalismos, esclavisado por sus moldes mentales y por sus deseos, condicionado por sus hábitos e inclinaciones, tacje de escapista al hombre desapegado y libre, más allá de toda turbadora apariencia. Precisamente el yogui lucha desesperadamente contra todo tipo de evasión. Y no olvidemos que hay tanto evasiones físicas como intelectuales, conscientes como inconscientes. Lo que quiere el yogui es «realizarse», sinónimo de hacerse real, es decir, ver las cosas tal y como son. Para eso hace falta un gran coraje y ser capaz de superar todo posible subterfugio mental o psicológico. Nada debe atar al practicante. Ni el placer por intenso que sea, ni el dolor por lacerante que se torne, ni ninguna clase de miedo. Ni siquiera el miedo a la muerte existe para el verdadero yogui, porque vida y muerte ¿qué son?

El hombre cultiva su intelecto, pero se olvida de cultivar su mundo interior y, aun conociendo muchas cosas, vive angustiado y acorralado por sus propios problemas mentales. Y, lamentablemente, tiene una gran facilidad para hacer de todo un problema. Vive en conflicto con todo, y puede asegurarse de él una cosa: que está sumamente lejos de ser libre.

La mente del hombre común está como aletargada, falta de vitalidad. El yogui trata de alertar su mente, de hacerla muy receptiva, hipersensible. Se esfuerza por «existir en las profundidades», y no en la superficie. Después de enérgicos esfuerzos logra la beatífica quietud de todo su ser y encuentra en ese silencio lo mejor de sí mismo, lo que todo hombre lleva dentro aunque no lo perciba, porque sabido es que el lodo oculta la pepita de oro.

Del libro Sociedades Secretas, Movimientos Iniciáticos. Editorial Arias Montano.
-Ramiro A. Calle-